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Que Chávez estuviera sentado en Miraflores al frente del estado venezolano era tan improbable como el nacimiento de una jirafa bicéfala y, además, albina.

Guardar secretos es cosa de curas, urólogos y notarios, no de presidentes.Así se gobiernan las democracias maduras del planeta y algunas autocracias de mano dura como China o Irán, que descansan en otro tipo de racionalidad: burócratas ideologizados y santones religiosos.Pero la legitimidad más vistosa era la tercera: el carisma.El previo endiosamiento del caudillo sustituido pesa como una losa sobre la imagen del delfín.En Argentina nadie ha podido calzar las botas de Perón, aunque todos invocan su santo nombre en vano, mientras en Cuba Raúl Castro sufre la constante comparación con su hermano Fidel.Diosdado Cabello, también exoficial y constructor del PSUV, gran operador político y presidente del Parlamento, piensa lo mismo.

Y está el hermano Adán, quien le enseñó a Hugo las primeras letras del radicalismo colectivista, algo así como el ideológico, y hoy gobierna el Estado de Barinas.

Cuando se debilitó esa fuente de autoridad compareció la legitimidad racional.

El absolutismo fue sustituido por las Constituciones y la regla de la mayoría.

El gran problema del caudillo carismático es que no puede transmitir su poder.

Pueden designar herederos, pero la relación entre éstos y los gobernados es muy diferente.

O Chávez, tenía, claro, una esperanza vaga en el milagro.